lunes, 23 de marzo de 2009

Qué gran noche.

Cogimos el metro, convencidas de que nos íbamos a bajar en la estación más cercana al local. Craso error. ¿Quién decidió confiar en mí para buscar la parada de metro que le correspondía? Una vez salimos del subsuelo al aire libre, nos encontramos con que no sabíamos dónde estábamos. Nos suenan las calles, pero poco más. Empezamos a deambular subidas a unos tacones de doce centímetros y esquivando a chinos que ofrecían selvesas a un euro. Tras preguntar a unos cuantos transeúntes que no hacían sino darnos indicaciones contradictorias, llegamos al ansiado garito.


Ya dentro, nos gusta lo que vemos: poca gente (fuimos demasiado temprano para evitar las colas), pero aseos limpios, luces atractivas y bastante sitio para bailar. El bajar a la pista ya fue otro cantar. Desgraciadamente, nos tuvimos que encontrar con la Dancing Queen de la noche: una morena de metro ochenta de estatura que se alimentaba a base de espárragos y escarola y que había decidido enfundarse en un vestido beige y calzarse unos tacones de vértigo. Bailaba a lo loco con sus inexplicablemente no acomplejadas amigas ocupando toda la pista, la barra y una parte del suelo que nosotras habíamos escogido para establecernos. Su largo y ondulado pelo moreno daba latigazos al aire mientras los pocos varones del lugar babeaban al mirarla, creando unos charcos peligrosamente resbaladizos para nuestros ya doloridos pies. Sí, creo que tanto mis amigas como yo experimentamos eso que llaman envidia. Pero sana, ¿eh? Sanísima.

La cosa empieza a mejorar cuando la pista se llena, entendiendo por mejorar que la Dancing Queen pasa desapercibida entre la multitud. Echando una ojeada a mi alrededor, percibo que la virilidad presente deja mucho que desear: algún que otro Borjamari tonteando con las divinas Barbies que pululaban por ahí, algún que otro Joshua con una esclava plateada en la muñeca que le resultaba tan pesada que le costaba trabajo llevarse el cigarro a la boca, un abuelete decidido a entablar conversación con cualquier yogurina que encuentre (éstos son, sin duda, los peores y los más plastas)… En fin, pienso, siempre me encantaron las noches de chicas.

De repente me di cuenta de que llevaba mucho tiempo sin pensar en mí misma. Y maldita la hora en que se me ocurrió hacerlo, porque descubrí que los pies ya no se movían del lugar (estaba tan sólo bailando de rodillas para arriba) y que no podía dar un paso sin morirme del dolor. Así que decido sentarme y, al hacerlo, un cigarro toca mi rodilla y ya está: mis medias están tan acabadas como mis pies. Pero bueno, no pienso quedarme mucho más, mis pies no me lo perdonarían nunca.

No está bien decir que una no se piensa quedar mucho más y terminar aguantando dos horas y media más. No está bien tampoco ponerse los zapatos equivocados. No está nada, pero nada bien, que los macarras, hijos de papá y asalta-cunas no comprendan lo que una fulminante mirada implica. Y no está nada bien negar que ayer me lo pasé estupendamente, a pesar de que esta mañana al despertar tenía serias dudas de si de verdad me había llegado a quitar los zapatos. Qué dolor.
M.L.G.G-A.

No hay comentarios:

Publicar un comentario