lunes, 30 de marzo de 2009

Nunca es tarde para pedir perdón.

Nunca es tarde para pedir perdón.­ De hecho, cuando más sinceramente lo pide uno es cuando más tiempo ha pasado. Cuando te piden perdón de inmediato ni siquiera han tenido tiempo de arrepentirse del agravio. Cuando te piden perdón de inmediato, puedes preguntar la razón por la que te lo piden y la cara de tu supuestamente arrepentido interlocutor mostrará tal sorpresa que entreverás que en realidad no tiene ni idea de cuál es su culpa. Sin embargo, si en el momento de la ofensa calla, y se va, y reflexiona sobre ella, se dará cuenta de qué es lo que ha hecho mal, y sentirá lo que conocemos como remordimiento, y su conciencia le empezará a estorbar, de modo que tomará la determinación de pedir perdón para poder vivir con ello. Y cuando lo haga y le preguntes cuál es la razón por la que se disculpa, sabrá exactamente cuál es su parte de culpa en la cuestión. Y le perdonarás, y olvidarás.
M.L.G.G-A

martes, 24 de marzo de 2009

La simple felicidad.

Miguel, todo un caballero de 87 años, se deja caer, pesado, sobre su mecedora favorita. Trata por todos los medios de mantener el equilibrio en ella y, por fin, reposa la cabeza sobre el respaldo, y cierra los ojos mientras sus hinchados pies y sus agotadas piernas empiezan a dolerle del cansancio. Dentro de unas horas vendrá Dani a verlo, su nieto favorito. No es su favorito por ser el más guapo, que lo es, ni el más listo, que también lo es, sino porque es el que más besos le da de todos sus nietos. Y tiene dieciocho, así que tiene dónde elegir. De hecho, Dani es el único que va a verlo regularmente.

Miguel ha salido esta mañana para comprar los caramelos que el niño prefiere, ésos de limón que llevan azúcar por encima y van envueltos en papel de colores. También ha comprado un puzle nuevo, para hacerlo juntos en el suelo del salón, como todos los domingos por la tarde. Sus consumidos labios se curvan en una encantada sonrisa que deja ver sus perfectos dientes blancos de dentadura postiza, y al mismo tiempo los ojos se le achinan de modo que por ellos sólo consigue ver una rayita de luz.

Un fuerte dolor de cabeza le azota la parte de atrás del cráneo. Ya estamos, piensa mientras se agarra con fuerza la nuca y aprieta los dientes. Me quedará poco tiempo, piensa, pero estos meses los voy a pasar con mis hijos, y con Dani, no enchufado a una máquina que no haría sino prolongar mi agonía.

Cuando mira el reloj y ve que se acerca la hora de atender a sus visitantes, se levanta de la mecedora y se dirige, con paso cansado, a la cocina. Allí prepara una merienda para campeones: leche, cola-cao, pan, galletas, chocolate y mermelada. Justo cuando está llevando la bandeja al salón, llaman al timbre. La deja apresurado sobre la mesa y abre la puerta. Allí están su hijo, su nuera y Dani mirándolo con una amplia sonrisa. Qué ganas tenía de verlos, piensa. Deja a su hijo y a su nuera en el sofá con la televisión tras una breve conversación y se sienta en el suelo con mucho esfuerzo, y abre el nuevo puzle delante de Dani. ¿Preparado?, pregunta al niño. Cuando ve que el chaval no hace sino asentir nervioso con la cabeza e intentar abrir la caja sin quitarle primero el plástico, Miguel se ríe con ganas. Terminan el puzle en el mismo momento en que su hijo ha recalentado la leche para dársela a los dos profesionales de este juego, y se la toman entre sonrisas y miradas cómplices.

Apesadumbrado cuando se van sus visitantes, Miguel se pone el pijama y cena delante del televisor. Horas después, se quita la dentadura postiza y las zapatillas y se mete en la cama después de echarse colonia por la cabeza, para acostarse oliendo bien, como venía haciendo desde que se casó. Como siempre, se acuesta de lado, mirando el hueco vacío en el otro lado de la gran cama, y cierra los ojos. Este día en concreto, Miguel pensó lo feliz era con una familia tan maravillosa, Tras suspirar, pensó que se podría morir en ese mismo instante y reunirse con Adela, su querida mujer, y que no pasaría nada. Fue en la siguiente respiración cuando Miguel expiró, dejando el puzle sobre el suelo y los caramelos que habían quedado en la mesilla de la entrada, para que Dani los encontrara el domingo siguiente.
M.L.G.G-A.

lunes, 23 de marzo de 2009

Qué gran noche.

Cogimos el metro, convencidas de que nos íbamos a bajar en la estación más cercana al local. Craso error. ¿Quién decidió confiar en mí para buscar la parada de metro que le correspondía? Una vez salimos del subsuelo al aire libre, nos encontramos con que no sabíamos dónde estábamos. Nos suenan las calles, pero poco más. Empezamos a deambular subidas a unos tacones de doce centímetros y esquivando a chinos que ofrecían selvesas a un euro. Tras preguntar a unos cuantos transeúntes que no hacían sino darnos indicaciones contradictorias, llegamos al ansiado garito.


Ya dentro, nos gusta lo que vemos: poca gente (fuimos demasiado temprano para evitar las colas), pero aseos limpios, luces atractivas y bastante sitio para bailar. El bajar a la pista ya fue otro cantar. Desgraciadamente, nos tuvimos que encontrar con la Dancing Queen de la noche: una morena de metro ochenta de estatura que se alimentaba a base de espárragos y escarola y que había decidido enfundarse en un vestido beige y calzarse unos tacones de vértigo. Bailaba a lo loco con sus inexplicablemente no acomplejadas amigas ocupando toda la pista, la barra y una parte del suelo que nosotras habíamos escogido para establecernos. Su largo y ondulado pelo moreno daba latigazos al aire mientras los pocos varones del lugar babeaban al mirarla, creando unos charcos peligrosamente resbaladizos para nuestros ya doloridos pies. Sí, creo que tanto mis amigas como yo experimentamos eso que llaman envidia. Pero sana, ¿eh? Sanísima.

La cosa empieza a mejorar cuando la pista se llena, entendiendo por mejorar que la Dancing Queen pasa desapercibida entre la multitud. Echando una ojeada a mi alrededor, percibo que la virilidad presente deja mucho que desear: algún que otro Borjamari tonteando con las divinas Barbies que pululaban por ahí, algún que otro Joshua con una esclava plateada en la muñeca que le resultaba tan pesada que le costaba trabajo llevarse el cigarro a la boca, un abuelete decidido a entablar conversación con cualquier yogurina que encuentre (éstos son, sin duda, los peores y los más plastas)… En fin, pienso, siempre me encantaron las noches de chicas.

De repente me di cuenta de que llevaba mucho tiempo sin pensar en mí misma. Y maldita la hora en que se me ocurrió hacerlo, porque descubrí que los pies ya no se movían del lugar (estaba tan sólo bailando de rodillas para arriba) y que no podía dar un paso sin morirme del dolor. Así que decido sentarme y, al hacerlo, un cigarro toca mi rodilla y ya está: mis medias están tan acabadas como mis pies. Pero bueno, no pienso quedarme mucho más, mis pies no me lo perdonarían nunca.

No está bien decir que una no se piensa quedar mucho más y terminar aguantando dos horas y media más. No está bien tampoco ponerse los zapatos equivocados. No está nada, pero nada bien, que los macarras, hijos de papá y asalta-cunas no comprendan lo que una fulminante mirada implica. Y no está nada bien negar que ayer me lo pasé estupendamente, a pesar de que esta mañana al despertar tenía serias dudas de si de verdad me había llegado a quitar los zapatos. Qué dolor.
M.L.G.G-A.

sábado, 21 de marzo de 2009

Otra vez esos prejuicios.

Iba andando por la calle, y me encontré caminando tras una pareja, un chico y una chica. No parecían ser más que un par de amigos que tienen mucho que contarse, pero sí que parecían el típico par de frívolos caracterizados por unas cabezas que no valen para más que llevar una cabellera peinada al milímetro. En pocas palabras, eran del tipo de personas de los que jamás habría esperado oír una consecución de palabras que tuvieran algún tipo de sentido medio trascendental.

El caso es que, en el momento justo en que les adelantaba por la izquierda y me hacían un hueco en la estrecha acera por el que pudiera pasar, oí que el chico en cuestión decía:

“Que la vida son dos segundos. Y estalla una guerra y mira, todo a tomar por culo.”

Si bien no es éste el modo en que uno espera escuchar un comentario acerca de la brevedad de la vida, me pareció algo tan real que no pude más que reflexionar sobre ello. Y acto seguido, caí en la cuenta de que una vez más los prejuicios me habían jugado una mala pasada. Puede que no aparenten ser más que un bonito recipiente carente de contenido, pero todo el mundo se da cuenta de lo que vale una vida que, seguramente, no dé de sí todo lo que esperamos de ella.
M.L.G.G-A.

viernes, 20 de marzo de 2009

Miro cada día hacia atrás cuando salgo de casa y he avanzado dos metros por el oscuro pavimento. Llevo ocho meses haciéndolo sin que se me olvide un solo día, llevo ocho meses saliendo de casa aterrorizada por si un día me encuentro contigo en la oscuridad o a plena luz del sol y vuelves a abalanzarte sobre mí y a golpearme sin piedad por aquello que dices que te hice. Que te quité la vida, no parabas de gritar, que te quité lo único que tenías.

Entonces supe quién eras. Recuerdo mis sudorosas manos sujetando el bisturí para extirpar el canceroso pulmón a aquella mujer de color que yacía enfrente de mí. Revivo el momento en que sus constantes vitales se extinguieron por completo, y las miradas que mis compañeros me dirigieron, sin comprender. Me acuerdo de tu cara de derrota mientras te daba la noticia sin poder mirarte a los ojos más de un instante, y reconocería entre un millón de voces el desgarrado grito y el consecutivo sollozo que tus labios dejaron salir.

Creí que era casualidad verte en la calle aquel día de octubre, creí que pasabas por ahí. En el estrecho callejón al que me dirigí reinaban el silencio y la oscuridad, la soledad en su más aterradora manifestación. Y los pasos tras de mí se oyeron multiplicados por el eco, y me giré y te vi como tigre que ya tiene a su presa, con tus felinos ojos brillantes de rabia y tus grandes zarpas rodeando mi yugular. Dios quiso que volvieras a la humanidad antes de terminar de matarme, antes de que vengaras a tu hija, antes de que me reuniera con ella en la selva celestial
M.L.G.G-A.

jueves, 19 de marzo de 2009

Así es él.

Dos grandes canicas blancas y azules destacan en la rosada esfera coronada por una cabellera corta y casi blanca que le gusta peinar con gomina. Bajo ellas, su nariz de oso Yogui que no soporta que le toque. Sus finos labios y sus dientes de niño de seis años, según digo yo, dibujan una sonrisa de pillo que se mantiene igual desde las fotos en blanco y negro de él jugando con el cubo y la pala en la playa. Su piel empieza a surcarse de finas líneas que algunos llamarían arrugas, pero que a mí me gusta ver como los restos de sus silenciosas carcajadas y de sus falsos fruncimientos de ceño.

Su semiesférico tronco sirve para que apoye mi cabeza en él al ver la tele y para que mientras bailamos, mis pies no hagan más que rozar el suelo debido a lo mucho que me aprieta con sus delagaditos brazos y sus grandes manos, manos siempre tibias que calientan las mías cuando mis uñas se vuelven azules del frío. Sus hombros y espalda siempre están dispuestos a cargar o bien mi mochila, o bien los problemas que yo tenga. Sus delgaditas piernas e inquietos pies no dejan de agitarse mientras está sentado, o mientras ve la tele, poniendo nervioso a todo aquél que se sienta cerca de él.

Su imaginación vuela a la hora de buscarme un nuevo mote. Mi cara de disgusto le hace reír con ganas mientras ve que intento arremeter, sin éxito, contra él, ya sea con poco originales apelativos o con una batalla de cosquillas que siempre terminará ganando.

Cada momento juntos vale su peso en oro.

Así es como yo lo veo, y como quiero que lo vean los demás.

M.L.G.G-A.