Miguel, todo un caballero de 87 años, se deja caer, pesado, sobre su mecedora favorita. Trata por todos los medios de mantener el equilibrio en ella y, por fin, reposa la cabeza sobre el respaldo, y cierra los ojos mientras sus hinchados pies y sus agotadas piernas empiezan a dolerle del cansancio. Dentro de unas horas vendrá Dani a verlo, su nieto favorito. No es su favorito por ser el más guapo, que lo es, ni el más listo, que también lo es, sino porque es el que más besos le da de todos sus nietos. Y tiene dieciocho, así que tiene dónde elegir. De hecho, Dani es el único que va a verlo regularmente.
Miguel ha salido esta mañana para comprar los caramelos que el niño prefiere, ésos de limón que llevan azúcar por encima y van envueltos en papel de colores. También ha comprado un puzle nuevo, para hacerlo juntos en el suelo del salón, como todos los domingos por la tarde. Sus consumidos labios se curvan en una encantada sonrisa que deja ver sus perfectos dientes blancos de dentadura postiza, y al mismo tiempo los ojos se le achinan de modo que por ellos sólo consigue ver una rayita de luz.
Un fuerte dolor de cabeza le azota la parte de atrás del cráneo. Ya estamos, piensa mientras se agarra con fuerza la nuca y aprieta los dientes. Me quedará poco tiempo, piensa, pero estos meses los voy a pasar con mis hijos, y con Dani, no enchufado a una máquina que no haría sino prolongar mi agonía.
Cuando mira el reloj y ve que se acerca la hora de atender a sus visitantes, se levanta de la mecedora y se dirige, con paso cansado, a la cocina. Allí prepara una merienda para campeones: leche, cola-cao, pan, galletas, chocolate y mermelada. Justo cuando está llevando la bandeja al salón, llaman al timbre. La deja apresurado sobre la mesa y abre la puerta. Allí están su hijo, su nuera y Dani mirándolo con una amplia sonrisa. Qué ganas tenía de verlos, piensa. Deja a su hijo y a su nuera en el sofá con la televisión tras una breve conversación y se sienta en el suelo con mucho esfuerzo, y abre el nuevo puzle delante de Dani. ¿Preparado?, pregunta al niño. Cuando ve que el chaval no hace sino asentir nervioso con la cabeza e intentar abrir la caja sin quitarle primero el plástico, Miguel se ríe con ganas. Terminan el puzle en el mismo momento en que su hijo ha recalentado la leche para dársela a los dos profesionales de este juego, y se la toman entre sonrisas y miradas cómplices.
Apesadumbrado cuando se van sus visitantes, Miguel se pone el pijama y cena delante del televisor. Horas después, se quita la dentadura postiza y las zapatillas y se mete en la cama después de echarse colonia por la cabeza, para acostarse oliendo bien, como venía haciendo desde que se casó. Como siempre, se acuesta de lado, mirando el hueco vacío en el otro lado de la gran cama, y cierra los ojos. Este día en concreto, Miguel pensó lo feliz era con una familia tan maravillosa, Tras suspirar, pensó que se podría morir en ese mismo instante y reunirse con Adela, su querida mujer, y que no pasaría nada. Fue en la siguiente respiración cuando Miguel expiró, dejando el puzle sobre el suelo y los caramelos que habían quedado en la mesilla de la entrada, para que Dani los encontrara el domingo siguiente.
M.L.G.G-A.