Me dirijo en este primer párrafo a todas mis lectoras femeninas (y digo esto aspirando a contar con alguna distinta de mi propia persona) con un consejo: "Todos para una, y una para sí", que en este mundo mucha igualdad, mucha igualdad, y luego na' de na'. Estoy segura de que todas las madres de adolescentes y jóvenes de este planeta en que me muevo han pronunciado la siguiente concatenación de irritantes palabras que tanto me solía molestar: "Hija, tú muchos amigos, muchos, pero nada más que amigos", en vanos intentos de crear una señorita hoy día pasada de moda. Y qué sabias son las madres, qué razón tienen una y otra vez. Y si no estás de acuerdo, prueba a terminar esa frasecica tan bienqueda de mosqueteros y suizos con un "y una para todos", a ver qué pasa. Como mínimo, se te dejaría de llamar por tu nombre y se te pondría algún apelativo poco respetuoso. Eso sí, probablemente llegues a los dieciséis con una experiencia envidiable (sí, lamentablemente envidiable en este siglo XXI) en cuanto a los temas de alcoba.
Hablando de temas de alcoba, resulta que empiezo a entender por qué este término está en completo desuso... Y es que parece ser que la propia alcoba es el lugar menos frecuentado para tratar -y practicar- estos temas. Se trata el sexo con total libertad en horario infantil; los platós de televisión parecen charlas de (mala)educación sexual... Hasta han creado un canal GH24h en que supongo (sin base empírica alguna) que el decoro y la privacidad se regañan el primero de los puestos destinados a los atributos que brillan por su ausencia... ¡Dónde vamos a ir a parar!
No sé si seré la única de mi depravada generación que quiere una cierta involución de la sociedad a aquellos tiempos en que "Un, dos tres.. a leer esta vez" era el mejor entretenimiento televisivo; cuando la inocencia perfilaba las sonrisas de las niñas que portaban muñecas de trapo bajo el brazo y no mujercitas 90-60-90 tamaño bolsillo...OJO: no quiero a una pobre diabla atormentada por sus obligaciones domésticas como obediente esposa ni a un caballero apesadumbrado por sus largas jornadas laborales típicas del buen padre de familia; no busco que se haga el amor con un camisón agujereado a la altura del pubis; no anhelo una sociedad gris en que el placer sea tabú y el gozo se regodee en la desgracia ajena.
Lo que extraño es algo que no he vivido y por tanto sólo he conocido por libros y testimonios de mis mayores: el que las cosas estén donde deben estar. Que lo que debería ser especial, efectivamente lo sea. Que las relaciones avancen progresivamente, sin quemar etapas ni saltarse fases, pues todas son precisas y no se disfruta plenamente de una sin haber exprimido al máximo la anterior. Que la intimidad siga siendo eso, intimidad, y que diga más una insinuación que una exhibición.
Si ya sabemos que en el término medio está la virtud, ¿por qué empeñarnos en difuminarla hacia los extremos? Menospreciamos el valor de un beso y una caricia para dar el todo por el todo: "Yo te enseño lo mío si tú me enseñas lo tuyo". Si así se empieza en la más tierna infancia, no queramos saber cómo se termina (que no querremos, pero lo sabemos: arrepentimiento por haberlo dado todo a la persona equivocada).
Y, para terminar, una advertencia para mis lectores masculinos, que espero algún día lleguen: las mujeres van de robles duros y recios, y no son más que rosas perfumadas esperando ser cortadas y admiradas. Pues andaos con ojo, manosdecera, que las rosas tienen espinas y si no las tratáis con cuidado se lo van a tomar como algo personal, y os van a pinchar. Que si algo hay que no cambiaría de la mujer actual es que, de repente, tiene agallas.
M.L.G.G-A.