miércoles, 22 de julio de 2009

La vida es como una caja de bombones.

Desde mi multirracial y cosmopolita autobús vi de repente cómo un treintañero de origen probablemente marroquí hacía señas al conductor para que parara y le permitiera subirse. A pesar de los continuos aspavientos que éste ejecutaba, indicándole que no iba a frenar hasta llegar a su establecida parada, nuestro hombre seguía corriendo al lado del autobús, bajo una solanera de más de 30 ºC, siendo observado por todos y cada uno de los pasajeros. Luciendo un amplio charco de esfuerzo que cubría toda su espalda y con los pantalones de pinzas remangados por los tobillos, dejando ver unas deportivas grisáceas y agujereadas, cargaba a duras penas con su enorme saco de plástico blanco donde transportaba juguetes, pañuelos y los más diversos abalorios.


Llegado un punto en que la calle se estrechaba demasiado, conductor y pasajeros perdimos de vista al nuevo Forrest Gump de la región, momento en que me di cuenta de que quizá, con ese estricto cumplimiento de la ley, habíamos hecho que ese hombre perdiera una hora más de trabajo, con las consiguientes pérdidas por ventas que tal vez sí habría conseguido si hubiera llegado a tiempo al autobús y no tuviera que esperar al siguiente.


Cuando finalmente llegamos a la parada de ese pueblo, empiezan a subir trabajadores, familias, veraneantes y domingueros en un río de gente que nos detiene durante más de cinco minutos. Justo en el momento en que el autobús volvía a arrancar, con sus puertas ya cerradas, aparece nuestro pintoresco hombre de negocios, con una sonrisa de oreja a oreja, y compra su billete con las debidas fronteras que el lenguaje se empeña en trazar para sentarse cinco filas por delante de mí y sacar un gran pliego de papel absorbente para secarse el sudor de su frente, su nuca y sus brazos. Mirando por la ventana, saludará a una familia conocida mostrando sus blancas filas de dientes, y se removerá inquieto en su asiento mientras observa atentamente un paisaje que ciertamente deja mucho que desear.


Imaginando todo lo que este hombre protagonista de mi anécdota ha debido sufrir para poder llegar a sentarse en ese asiento, podría resultar triste pensar que no sentí ni pena, ni dolor, ni compasión, ni siquiera un poquito de empatía. Sin embargo, mis pupilas se dilataron inundadas de admiración, admiración por el modo de tomarse la vida de una persona que si bien ha debido sortear más de un obstáculo para sobrevivir, sabe disimularlo y esconderlo tras una blanca sonrisa que ni un niño con zapatos nuevos sabría esbozar.


M.L.G.G-A.