domingo, 1 de mayo de 2011

Historia de un gran día.

Hace poco, decidí desarrugar la idea de contar una historia en boca de un juglar. La primera vez que lo hice fue en una carta de cumpleaños y el resultado fue, según mis más fieles críticos, bueno y divertido. Ésta es una historia más bien triste, pero creo que es un tipo de redacción al que no estamos acostumbrados y que os puede gustar. Cabe decir, además, que este texto no nació tal cual lo veis, sino que, sin una idea esencial que mi madre me dio, estaríais leyendo unas líneas bastante diferentes. Así, le dedico a ella, en este primer domingo de mayo, la historia del Día en que a toda Madre debemos honrar.

Eran las fiestas de la ciudad y, como cada año, el Ayuntamiento colocaba un gran mercadillo medieval en la Plaza Mayor. A la mesa en que bebía a sorbos cortos un ardiente café, el aire me traía olor a especias y sonido a diversión. Las terrazas de la plaza, como aquélla en la que yo estaba sentada, estaban abarrotadas de gente ocupada en sus asuntos, ajenas a todo lo que a su alrededor sucedía.

Harta de no encontrar la frase concluyente que cerrara el texto que tantas horas llevaba escribiendo, más por inercia que por interés, dejé el bolígrafo sobre la mesa y me apoyé, pesada, en el respaldo de esa rígida silla. ¡Una redacción sobre el Día de la Madre! ¿A quién se le ocurre? Mientras me hallaba sumida en mis cavilaciones y quejas silenciosas, mis ojos se encontraron de repente paseando entre el barullo de aquel conseguido Medievo artificial.

A pesar de que algo llamaba mi atención de una manera más que evidente, aún tardé un rato en darme cuenta de que mis ojos daban vueltas concéntricas en torno a un chaval cuya visión hizo que, poco a poco, se difuminara todo aquel jaleo y un nuevo mundo cobrara vida a mi alrededor.

Sentado en el suelo, el joven en cuestión apoyaba la espalda en la pared, con sus ojos negros escudriñando el cielo, como en busca de una señal. Cuando esa señal pareció haber llegado, mi recientemente descubierto protagonista se separó de la pared que antes lo sujetaba y en dos zancadas se plantó en medio de la plaza.

Se encontraba ahora mucho más cerca de mí, por lo que pude descubrir que esos ojos negros contenían tanto amor como ira en su interior; sus andares, pesados, escondían muchos problemas mal llevados; su mirada, fría y recelosa, empezó a posarse en comerciantes y viandantes como fiera que a presa acosa; y esas ropas… mallas grises, camisola negra, babuchas de piel y una flauta de madera. Formaba esta imagen lo que me pareció un juglar bien singular, que en un momento dado inició este cantar:

Acercaos, amigos, acercaos y oídme bien, porque esta historia no tiene igual, ¡jamás oiréis tragedia tal! Se trata de una pena sin precedentes, ¡un llanto continuo y permanente! Poneos aquí, más cerca de mí, de mi voz, de estas palabras que antes de que el sol alcance lo alto os habrán convertido en transmisores de este son.

Pues hallábase una doncella de corta edad, de gran belleza a decir verdad, cantando en el río mientras lavaba un vestido. Su hermano, algo alejado, andaba faenando en los campos y su padre, por la edad algo atolondrado, mirando los piantes pájaros.

Y como os decía, nuestra alegre doncella cantaba contenta, esperaba la llegada de una fecha concreta. Para tres semanas su matrimonio había sido acordado, y ella lo esperaba como agua de mayo. En pocos días llegaba el mozo que la desposaría, ¡cuánta inquietud! ¡Qué algarabía! Tanto había oído, tan bien le habían contado, que ella veía el matrimonio como el destino más adecuado… ¡Imaginaos, imaginaos! Soñaba tanto en la noche como en el día con esos ojos negros que tan bien conocía; desde sus juegos en los campos, la pareja se profesaba el amor de los cantos.

Pero fíjense bien: los tiempos se adelantaron y no llegó su amado, sino un hombre fuerte y recio que decía ser su hermano. ¡Y escúchenme bien, díganme si lo han avistado! Porque tenía un solo ojo, el otro por una garra arrancado; su nariz se extendía hasta su labio de abajo, y una gran joroba afeaba su espinazo. El caballo que montaba era su vivo reflejo: ¡un monstruo salvaje más bruto que feo!

Y os digo yo ahora que la noticia fue garrafal, catástrofe sin igual. El joven mozo querido fue apresado en la guerra y había perecido. La pena de la familia creció como pan al horno, ¡apenas creían tan horrible fin para tan buen mozo!

Pero este hermano suyo, como podréis adivinar, tenía menos de mensajero que de verdugo. Y haciendo uso de un derecho ancestral, se exigió marido de la joven en un próximo futuro.
Ante las quejas de la moza y la histeria de su padre, la mala bestia tuerta tan sólo supo hacer uso de la fuerza: de un garrotazo redujo al padre, de una coz planchó al hijo, y de una vil posesión mató la honra de su capricho.

Creyéndola muerta ahí la dejó, desnuda y deshonrada, a merced de todo alma. Pero la muchacha reunió agallas y volvió de entre los muertos para cumplir con su venganza. Sentía que su amor no estaba muerto, que debía estar sufriendo sin duda algún encierro.

Y además, esto yo os digo: la moza ya no estaba sola, pues aquel monstruo jorobado había dejado en ella la semilla del que hoy está hablando. Y dicho hombre hoy día sigue buscando al malnacido de su padre y al que debería haberlo sido, para dar al último un gran abrazo, y al primero su merecido.

Pues no sería yo digno hijo de mi madre si no acabara con la vida de tal cobarde. Así pues, les propongo, oyentes míos, que este primer domingo de mayo se dedique, desde hoy, a toda madre amante. Que todo hijo que a su madre no honre, merece ser despojado del amor de toda mujer, que la primera mujer de todo hombre es siempre su madre, y la siguiente igual lo ha de ser, para que así un nuevo hijo en suerte pueda caer.

La pregunta de “¿Va usted a tomar algo más?” me sacó de un volantazo de mi embelesamiento; volví a la realidad de golpe, aturdida, pero con una conclusión adecuada para mi ensayo. Sin comerlo ni beberlo, de repente tenía entre mis manos la historia del Día de la Madre.

miércoles, 27 de abril de 2011

¡Volvamos las plañideras!

Hay algo que, más que ser un defecto, es un lastre para el desarrollo de una relación interpersonal normal: las quejas. Y yo, lamentablemente, me caracterizo por ser una quejica, entre otros muchos defectos y lastres de ésos -y otras tantas virtudes entre las que la falsa modestia no ha su lugar, como pueden ustedes observar.

Y sí, ¿qué le voy a hacer? No sólo me quejo, sino que me cebo en las quejas y no encuentro mejor alimento que una buena argumentación en contra de lo que sea. Repito: ¡de lo que sea!

Pero por otra parte, cierto es que en este mundo de hoy en día hay necesidad de unas buenas plañideras, que quien no llore por las penas de otros ¡será en parte porque tiene penas propias que lamentar! Y siendo egoísta y un poco sinvergüenza al reconocerlo aquí, ante mis multitudinarios lectores del día (la ilusión es algo que nunca ha de perderse, ténganlo bien presente), prefiero llorar por otros antes que por los míos… Que en este nuestro país ya se sabe que debe uno correr ligerito para salvar el trasero y que al final –y pidiendo perdón por el término que viene a continuación- mariquita el último.

Así que me considero eso: una plañidera del siglo XXI. Y no debería yo de ofrecer esta mi virtud de quejarme con tanta ligereza, que ya no estamos para nada tan bien remuneradas como antaño, sino que más bien causamos que nuestro prójimo eche pestes de nosotras (sin darse cuenta de que, al hacerlo, no caen en otra cosa que en una nueva queja). Pero es que en este caso dispongo de una generosidad sin límites, fíjense bien: ¡me quejo gratis!

Además, ¿quién no se va a quejar, oigan? Si nos sentimos orgullosos de una patria –y hablo en plural porque me siento completamente identificada con este orgullo nacional- en que se da un claro bipartidismo político similar al de los años del catapúm-chimpúm inglés. Por otro lado, unos cuantos amigotes deciden entre caña y tapa que la Chica Ye-Yé pasa a ser la pobre Chica Y-Y (por aquello de que la Y pasa a llamarse Ye, para los menos puestos) y que un comiente solitario va a ser lo mismo que un caballero que únicamente come (a lo que sí que me rebelo: “solo” y “sólo” seguirán siendo diferentes en mis texto, y los pronombres llevarán nuestra querida tilde española para diferenciarse de sus primos los determinantes). Además, estamos sumidos en una crisis económica, financiera, laboral y moral muy grave, y es que así no me extraña que nos estemos volviendo locos, que en ello estamos, aunque haya quien aún no se ha dado cuenta.

Con muchas quejas y un largo etcétera luchando por no quedar en el tintero, pero en un intento de recortar el espacio de esta entrada para que no dejen ustedes de leer a mitad, me despido con una ligera queja acerca de lo mucho que tengo que estudiar, de lo loco que se está volviendo el tiempo y de que, para más inri, la vecina de arriba no para de zapatear.

Un cordial saludo, le Petit Lutin.

M.L.G.G-A.

lunes, 11 de abril de 2011

Para gustos, las palabras.

A mí lo que me gusta es soñar, y formar unos cuantos decorados y platós en mi cabeza y dejar que vuele mi imaginación.

Me encanta cuando peleo contra mi imagen en el espejo, porque así siempre salgo ganando yo; y cuando voy por la calle y recuerdo una declaración de amor, y entonces sonrío a los viandantes sin querer; y cuando miro a alguien de soslayo y me pongo a desentrañar sus ideas, tratando de absorberlas y hacerlas en parte mías.

Me siento apasionada por las palabras, tanto por la elocuencia como por la demagogia, porque, por suerte o por desgracia, soy más de fijarme en cómo se dice que en lo que se dice. Simplemente estoy enamorada de cómo suenan las malditas, por lo que siempre voy a leer una y otra vez en voz alta lo que acabe de escribir. Y las llamo malditas porque ¡cómo se escurren, cómo me hacen vacilar!

Me gusta tocarme la barbilla cuando pienso en qué lugar queda mejor una coma, y suelo rascarme la coronilla cuando no sé qué más poner.

Me atrae el poder, pero el poder de decir lo que pienso en un estrado y que la gente me escuche embobada; porque no me importa que haya alguien que mande, siempre y cuando yo sea capaz de decirle lo que me venga en gana sin que se dé cuenta de que me río en su cara.

Soy de esas personas vehementes que no hallan la calma ni el temple, que se alteran antes de llorar y que se enfadan si deben callar. Sueño despierta, río en silencio, me violento con los puños cerrados y doy cariño a manos llenas. Me gusta la música, porque no es más que poesía cantada, y más que un poema me gusta la prosa, porque adoro las frases largas que tienes que leer más de una vez para poder comprender.

Quiero aprender palabras difíciles para saborearlas callada, y palabras fáciles para hacerme entender. Quisiera saber mil idiomas para que hasta los chinos me leyeran y mil alfabetos para alfabetizar. Y no alfabetizar como para enseñar a leer o a escribir, pues la docencia no es lo mío, sino como para crear abecedarios, mis propios códigos que nadie más conociera.

Y ora digo que quiero que los chinos me entiendan, ora que quiero un código secreto, ¡vaya paradoja se nos presenta! Y es que, antes de todo esto, lo que primero soy, es mujer, y como mujer que soy, amigos, me toca contradecirme, decir diego donde dije digo,  y aun así hacer creer al sexo opuesto que me marea con sus simplezas y objeciones.

Pues curiosa criatura es la mujer, como curiosa criatura es el ser humano. Lloramos y reímos, soñamos, odiamos, amamos… y, en lo que yo más me recreo, hablamos.


M.L.G.G-A.

lunes, 28 de marzo de 2011

De cómo centrar una galaxia deshabitada.


Rashid se dejó caer al suelo; se encontraba desnudo, tal y como su dios lo trajo al mundo, sólo que con unos 40 años de errores a la espalda. Sentado sobre sus talones, y con la frente pegada al frío suelo de mármol, parecía estar rezando a una más que desorientada Meca. En el culmen de su borrachera, incapaz de deducir qué le había llevado a desnudarse en los baños dorados de aquella lujosa suite, comenzó a enumerar uno a uno, sin orden ni concierto, los hechos vitales que podrían haberle llevado a tal patética existencia. Alcohol, drogas, juego, ocio, holgazanería… todo ello tenía como denominador común el más sórdido vicio o, lo que venía a ser lo mismo, Adelaida, la prima renegada del Rey Midas, que todo lo que tocaba en lodo convertía y como cera moldeaba; el amor de su vida, y también la ruina de la misma; la única razón por la que abandonar una vida de tradiciones y costumbres, el único motivo por el que dar la espalda a su religión; aquella caprichosa mujer que un día cualquiera decidió que aquel morenito extranjero sería el mayor atractivo de su cosmopolita bar de striptease, momento en que Rashid no acertó a pensar que el servir copas frente a sesentonas hartas de bingo y ganchillo y jóvenes ansiosas por despedir su soltería le llevaría a un alocado amor digno de novela de ficción.

En ese lamentable estado, y protagonizando la más patética de las escenas, Rashid concluyó la noche regalando a las paredes de aquel suntuoso tocador un breve resumen del craso error que le llevó a esa espantosa situación:

Rashid recordó su vigésimo cumpleaños. Se despedía de sus ancianos padres, asumiendo la responsabilidad de conseguir todo lo necesario para ayudarlos a escapar de esa callejuela sin salida: dinero, papeles, un hogar fuera de esas fronteras. Era ya todo un hombre. Su madre, orgullosa de él, dejó escapar una lágrima mientras le besaba en la frente. Su padre parecía permanecer impasible, pero sus ojos brillaban como canicas al sol.

Después, y a pesar de la turbiedad de su mente, que parecía estar siendo centrifugada, se recordó solo, sentado en una parada de autobús, con billete a ninguna parte, con intenciones desconocidas hasta para sí, sin ases en la manga y con mil pesetas y un raído chubasquero por todo tener. Vio acercarse a una despampanante pelirroja enfundada en unos pantalones de cuero y un impermeable estampado de leopardo. Una melena corta y pelirroja enmarcaba sus anodinas facciones y un formidable escote asomaba, blanco y moteado, cuando se ponía de perfil.

Subieron al autobús, el uno delante de la otra. Cuando se hubo sentado, la misteriosa señorita tomó asiento a su lado, muy cerca de él, de manera que podía oler su aliento a tabaco y menta, y le espetó: "En este país, las damas primero. Aquí te tienes que olvidar de las normas de tu gente, de los derechos sobre las mujeres, de vuestro poderío. De otro modo, va a irte muy mal".

A Rashid se le iluminó la cara. Ésta sería una insolente, una infiel más en un mundo de locos, pero desde luego podía ayudarle a sobrevivir. Cuando Adelaida se apeó del costroso autobús, Rashid le siguió. Ella, encantada, dirigió sus pasos a un local con un rótulo fucsia y negro que rezaba “StripClub”. Rashid, receloso, entró tras ella.

Rashid no pudo evitar sonreír al recordar su expresión de espanto nada más ver lo que se cocía ahí dentro. Adelaida manejaba el percal como un niño domina sus muñecos, no vacilaba, irradiaba seguridad, provocaba admiración.

Fue poner sus pies en ese suelo negro purpurinoso y empezar a temblar. Aquello era un atentado contra toda creencia decente; esos pobres diablos estaban fuera de la Ley y Alá les condenaría de seguir por ese camino. Adelaida le miró fríamente, y con un “Déjate de mariconadas y sígueme”, lo cogió por la muñeca y lo llevó a un estrambótico despacho en la planta superior.

El monólogo de Adelaida fue extenso. Rashid estaba perplejo, pero llegó a comprender las palabras “trabajo”, “dinero”, “papeles”. En otras circunstancias habría estado encantado, pero si esta mujer pensaba de verdad que estaba dispuesto a desnudarse públicamente y a bailar como si aquella barra plateada que unía tarima y techo fuera la mujer de su vida, la llevaba clara. Por suerte, los planes que tenía Adelaida para él incluían la privatización de su cuerpo: no estaba dispuesta a compartir a este muchachito con ningún otro par de ojos que no fuera el suyo.

Así, Rashid se vio a si mismo sirviendo copas en aquel local en que Adelaida se contoneaba al ritmo de la música entre sus clientes antes de dar un beso a su última adquisición, ese marroquí guapo, fuerte, atractivo y encantador… y manipulable, altamente manipulable. Las mujeres como Adelaida no buscaban dinero ni amor incondicional, ni siquiera un estatus social destacable; buscaban poder, mandar, malear la arcilla a su gusto. Era de esas personas de las que uno no debía fiarse, de ésas que trepan más ágilmente que las arañas, que siempre caen de pie, como los gatos, que arrasan con todo el que se le cruce por el camino, como los huracanes. Adelaida era una fiera caprichosa, un depredador, y Rashid tan sólo estaba perdido en un mundo que no entendía y que no quería comprenderle a él.

Rashid se revolcó en el suelo como una tortuga que, bocarriba, no puede levantarse. Las paredes daban vueltas a su alrededor, como la Luna alrededor de la Tierra. Se dijo a sí mismo, loco de envidia y rabia, que lo que Adelaida era, y eso sí que había que reconocérselo, era una auténtica superviviente. Sabía cómo ponerse el mundo por montera y llevar al ganado por donde ella quería… pero la muy egoísta se guardó el secreto de su saber hacer y no compartió con Rashid ni las migajas de su habilidad para vivir.

Al cabo de los meses, trabajando por las noches y estudiando por las mañanas, Rashid hablaba español y se iba sintiendo preparado para buscar un trabajo mejor remunerado que le permitiera ahorrar el dinero que necesitaba para cumplir su cometido. Pobre Rashid, pobre iluso; Adelaida no estaba dispuesta a dejarle ir tan fácilmente. Había ido envolviéndolo poco a poco entre sus redes, pero llegaba el momento de dejarlo atado corto de manera que no se pudiera largar.

Conseguirle los papeles fue fácil, muchos peces gordos debían favores a Adelaida, siempre tan discreta y confidencial con los clientes que frecuentaban su pub. De esta manera, un amigo de unos conocidos de un contacto de su Ade, como le gustaba llamarla, le había conseguido un pasaporte y los permisos de residencia necesarios para evitarse problemas en el país. Sin embargo, por más que Rashid había insistido, Adelaida se negaba a pedir otro favor para conseguir el ingreso legal de sus padres en España; las influencias no están para abusar de ellas, decía, el día que de verdad las necesites pueden haber terminado de saldar su deuda contigo.

Rashid pensaba apenado que su padres, de tan avanzada edad, no podrían pasar las penurias que él sufrió para abandonar su tierra y penetrar en ésta. Así, para no mortificarse, como le decía su pelirroja, lo mejor sería que dejara de pensar en ellos y que no los llamara con frecuencia para no crearles falsas expectativas. A esas alturas, Rashid llevaba ya dos años sin hablar con sus padres, sin saber en qué estado se encontraban, y sin atreverse a marcar su número de teléfono después de tanto tiempo, amedrentado por la vergüenza y la propia deshonra.

Poco a poco, y sin saber bien cómo, Rashid se había  involucrado en una rutina que le llevaba de la cama de Adelaida a sus clases, de ahí al trabajo y vuelta a la cama de su nueva ama y señora. Su libertad se había visto coartada hasta casi desaparecer, y lo peor era que Rashid no la echaba de menos. No se daba cuenta de que había abandonado la ardua tarea de tomar decisiones por sí mismo, ahí estaba Ade para ayudarlo. Él se sentía en deuda con ella, de manera que no podía contradecirla sin sentirse culpable. Esta mujer aún le hacía temblar cuando le besaba y le hacía sentir integrado, bien consigo mismo… ¿cómo iba a abandonarla?

¿Cómo iba a abandonarla? De eso ya se encargó Adelaida más adelante, cuando cerca de cinco años más tarde encontró otra víctima a la que chuparle la sangre. Sin una simple despedida, sin una palabra de consuelo, empaquetó las maletas y se largó a Escocia, con un joven imberbe pero prometedor con el que por lo visto había mantenido una aventura durante un par de años.

Tirado en ese suelo, sintiéndose el centro de una deshabitada galaxia, se dio una tardía advertencia a sí mismo: el diablo no siempre viste de rojo ni luce tridente. Se te puede poner delante de los ojos y seducirte haciéndote pensar que lo que te ofrece es cariño de verdad y ayuda desinteresada... nada más lejos de la verdad. No te fíes ni de tu sombra, no confíes en nadie más que en ti mismo, pues más vale una alegría por sorpresa que el desconsuelo y la infelicidad. Pero sobre todo, y lo que es más importante, no olvides quién eres, de dónde vienes y adónde quieres llegar; disfruta del camino, pero no tardes demasiado en repostar… las metas no están hechas para esperar. 
M.L.G.G-A.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Las arpías y las meigas

Se dice de las meigas que no existen; pero todo el mundo sabe que haberlas, haylas. Y por tanto, en algo se parecen entonces a las arpías: las hay. Pero lamentablemente no escogen el camino discreto, a lo meiga, sino que se ven a distancia, se las huele, se las siente. Y desde que son bien pequeñas, que la zorra nace, no se hace. Empiezan tratándote de quitar la Barbie, luego los amigos y, más tarde, aquello que más quieres. Digamos que saben dar donde más duele.

Y nos trajo Moisés de un famoso monte una tabla divinísima que todo hijo de vecino, cristiano o no, debería cumplir (en el caso de no creyentes, al menos a partir del cuarto mandamiento que en ella figura), porque refleja una filosofía de vida ordenada  y, para que nos entendamos, COMO DIOS MANDA, que para eso fue Él su autor. Y en esta tabla aparece una frase sencilla de comprender, un enunciado tan claro que casi trasluce, que, básicamente, dice que no codicies lo que no es tuyo.

¿Y es que estas señoritas no saben nada sobre los Derechos Humanos? Las libertades de uno terminan donde empiezan las del coleguita de al lado. Y si el coleguita en cuestión es más feliz que tú, ajo y agua, búscate la vida y deja de incordiar. Porque yo, como enemiga natural de esta calaña de mujeres en particular, me pregunto: ¿qué pretendes tú, que tienes el interior más feo de todos los posibles, contra las demás, que conseguimos lo que tenemos de manera legítima?

Pues para estos seres, por llamarlos de alguna manera, ¡ni Diez Mandamientos ni Declaración Universal de los Derechos Humanos que valgan! Imponen sus leyes, su ojo por ojo, su mala leche y su codicia ilimitada. Vamos, que provocan una aversión digna de ser admirada o, cuanto menos, comentada. Y el resto, por suerte, sabemos que perro ladrador, poco mordedor.

El pobre diablo que caiga en las redes de una de estas criaturas endemoniadas será arrastrado a la miseria más profunda. Pero a nosotras, alguna que otra vez pisoteadas, nos quedará el consuelo de saber que sólo la envidia, los complejos y un gran sentimiento de inferioridad guían a un ser humano a codiciar lo que, por derecho, pertenece a otra persona.

M.L.G.G-A.

domingo, 23 de enero de 2011

Las mujeres, los mosqueteros y las alcobas.

Me dirijo en este primer párrafo a todas mis lectoras femeninas (y digo esto aspirando a contar con alguna distinta de mi propia persona) con un consejo: "Todos para una, y una para sí", que en este mundo mucha igualdad, mucha igualdad, y luego na' de na'. Estoy segura de que todas las madres de adolescentes y jóvenes de este planeta en que me muevo han pronunciado la siguiente concatenación de irritantes palabras que tanto me solía molestar: "Hija, tú muchos amigos, muchos, pero nada más que amigos", en vanos intentos de crear una señorita hoy día pasada de moda. Y qué sabias son las madres, qué razón tienen una y otra vez. Y si no estás de acuerdo, prueba a terminar esa frasecica tan bienqueda de mosqueteros y suizos con un "y una para todos", a ver qué pasa. Como mínimo, se te dejaría de llamar por tu nombre y se te pondría algún apelativo poco respetuoso. Eso sí, probablemente llegues a los dieciséis con una experiencia envidiable (sí, lamentablemente envidiable en este siglo XXI) en cuanto a los temas de alcoba.

Hablando de temas de alcoba, resulta que empiezo a entender por qué este término está en completo desuso... Y es que parece ser que la propia alcoba es el lugar menos frecuentado para tratar -y practicar- estos temas. Se trata el sexo con total libertad en horario infantil; los platós de televisión parecen charlas de (mala)educación sexual... Hasta han creado un canal GH24h en que supongo (sin base empírica alguna) que el decoro y la privacidad se regañan el primero de los  puestos destinados a los atributos que brillan por su ausencia... ¡Dónde vamos a ir a parar!

No sé si seré la única de mi depravada generación que quiere una cierta involución de la sociedad a aquellos tiempos en que "Un, dos tres.. a leer esta vez" era el mejor entretenimiento televisivo; cuando la inocencia perfilaba las sonrisas de las niñas que portaban muñecas de trapo bajo el brazo y no mujercitas 90-60-90 tamaño bolsillo...OJO: no quiero a una pobre diabla atormentada por sus obligaciones domésticas como obediente esposa ni a un caballero apesadumbrado por sus largas jornadas laborales típicas del buen padre de familia; no busco que se haga el amor con un camisón agujereado a la altura del pubis; no anhelo una sociedad gris en que el placer sea tabú y el gozo se regodee en la desgracia ajena.

Lo que extraño es algo que no he vivido y por tanto sólo he conocido por libros y testimonios de mis mayores: el que las cosas estén donde deben estar. Que lo que debería ser especial, efectivamente lo sea. Que las relaciones avancen progresivamente, sin quemar etapas ni saltarse fases, pues todas son precisas y no se disfruta plenamente de una sin haber exprimido al máximo la anterior. Que la intimidad siga siendo eso, intimidad, y que diga más una insinuación que una exhibición.

Si ya sabemos que en el término medio está la virtud, ¿por qué empeñarnos en difuminarla hacia los extremos? Menospreciamos el valor de un beso y una caricia para dar el todo por el todo: "Yo te enseño lo mío si tú me enseñas lo tuyo". Si así se empieza en la más tierna infancia, no queramos saber cómo se termina (que no querremos, pero lo sabemos: arrepentimiento por haberlo dado todo a la persona equivocada).

Y, para terminar, una advertencia para mis lectores masculinos, que espero algún día lleguen: las mujeres van de robles duros y recios, y no son más que rosas perfumadas esperando ser cortadas y admiradas. Pues andaos con ojo, manosdecera, que las rosas tienen espinas y si no las tratáis con cuidado se lo van a tomar como algo personal, y os van a pinchar. Que si algo hay que no cambiaría de la mujer actual es que, de repente, tiene agallas.

M.L.G.G-A.

lunes, 3 de mayo de 2010

La admirable entereza de un flan de naranja.

Marina se miró al espejo y suspiró con las escasas fuerzas de que disponía a sus 87 años. Se veía tan frágil, tan excesivamente delicada… con lo que ella había sido. Una mujer como ella, antaño fuerte y robusta, jamás debería ver reducidas sus funciones a las del motor de una silla de ruedas… ruedas que sólo rodaban por un viejo suelo marrón.

Se recordaba a sí misma al flan de naranja que su abuela le hacía cuando era niña. Pensó en cuando daba con la cucharilla en las paredes del flan para verlo tambalearse y, poco a poco, recobrar la compostura y quedarse quieto de nuevo. Se preguntó si ella sería capaz de recuperar el equilibrio si le dieran en un costado con una cucharilla, o si por el contrario se sometería al golpe y volcaría sin rechistar. Ya nada le había vuelto a saber como en su día le supo aquel flan. ¿Sería por eso por lo que ya no se sentía con fuerzas, porque la vida había perdido su sabor?

El espejo sólo le devolvía la imagen de una anciana de rala cabellera gris… gris como el polvo que se acumulaba en los estantes de su abandonada casa. Gris como su presente, gris como su pasado. Su permanentemente fruncido entrecejo se extendía de sien a sien, pues sus cejas se habían ido despoblando poco a poco, achaque tras achaque. Así, sus pequeños y hundidos ojos verdes ya no tenían marco que los recuadrara, sino que a su alrededor se acumulaban infinitas líneas ansiosas por contar sus respectivas historias, de narrar detenidamente la preocupación que las hizo nacer. Y su nariz… tan deseosa de seguir creciendo en dirección a los labios, tan sumisa ante la fuerza de la gravedad, como si quisiera oler la saliva que más abajo manaba descuidada. Poco se veía ya de sus antes carnosos labios, reducidos a dos finas líneas de color rosado surcadas por lo que parecían grietas en la dura y seca roca. Bajo su barbilla, un amasijo de arrugas, pellejo y venas que algún día alguien piropeó como el cuello de un cisne. Vestida entera de negro, nadie podría adivinar que un admirado busto había abandonado a su dueña, dejando en su lugar un caparazón blando y vacío, deformado por el mar. Sus piernas no eran sino dos ramitas que ya no podrían sostener ni un par de hojas, de tanto tiempo que habían permanecido inertes en aquella penosamente necesaria silla.

Impotente, Marina cerró los ojos y, rodeada de la soledad de su inmenso y deshabitado piso, una fría lágrima halló su cauce en uno de los pliegues de sus mejillas para, decidida y segura, morir en su comisura derecha.
M.L.G.G-A.