Hace poco, decidí desarrugar la idea de contar una historia en boca de un juglar. La primera vez que lo hice fue en una carta de cumpleaños y el resultado fue, según mis más fieles críticos, bueno y divertido. Ésta es una historia más bien triste, pero creo que es un tipo de redacción al que no estamos acostumbrados y que os puede gustar. Cabe decir, además, que este texto no nació tal cual lo veis, sino que, sin una idea esencial que mi madre me dio, estaríais leyendo unas líneas bastante diferentes. Así, le dedico a ella, en este primer domingo de mayo, la historia del Día en que a toda Madre debemos honrar.
Eran las fiestas de la ciudad y, como cada año, el Ayuntamiento colocaba un gran mercadillo medieval en la Plaza Mayor. A la mesa en que bebía a sorbos cortos un ardiente café, el aire me traía olor a especias y sonido a diversión. Las terrazas de la plaza, como aquélla en la que yo estaba sentada, estaban abarrotadas de gente ocupada en sus asuntos, ajenas a todo lo que a su alrededor sucedía.
Harta de no encontrar la frase concluyente que cerrara el texto que tantas horas llevaba escribiendo, más por inercia que por interés, dejé el bolígrafo sobre la mesa y me apoyé, pesada, en el respaldo de esa rígida silla. ¡Una redacción sobre el Día de la Madre! ¿A quién se le ocurre? Mientras me hallaba sumida en mis cavilaciones y quejas silenciosas, mis ojos se encontraron de repente paseando entre el barullo de aquel conseguido Medievo artificial.
A pesar de que algo llamaba mi atención de una manera más que evidente, aún tardé un rato en darme cuenta de que mis ojos daban vueltas concéntricas en torno a un chaval cuya visión hizo que, poco a poco, se difuminara todo aquel jaleo y un nuevo mundo cobrara vida a mi alrededor.
Sentado en el suelo, el joven en cuestión apoyaba la espalda en la pared, con sus ojos negros escudriñando el cielo, como en busca de una señal. Cuando esa señal pareció haber llegado, mi recientemente descubierto protagonista se separó de la pared que antes lo sujetaba y en dos zancadas se plantó en medio de la plaza.
Se encontraba ahora mucho más cerca de mí, por lo que pude descubrir que esos ojos negros contenían tanto amor como ira en su interior; sus andares, pesados, escondían muchos problemas mal llevados; su mirada, fría y recelosa, empezó a posarse en comerciantes y viandantes como fiera que a presa acosa; y esas ropas… mallas grises, camisola negra, babuchas de piel y una flauta de madera. Formaba esta imagen lo que me pareció un juglar bien singular, que en un momento dado inició este cantar:
Acercaos, amigos, acercaos y oídme bien, porque esta historia no tiene igual, ¡jamás oiréis tragedia tal! Se trata de una pena sin precedentes, ¡un llanto continuo y permanente! Poneos aquí, más cerca de mí, de mi voz, de estas palabras que antes de que el sol alcance lo alto os habrán convertido en transmisores de este son.
Pues hallábase una doncella de corta edad, de gran belleza a decir verdad, cantando en el río mientras lavaba un vestido. Su hermano, algo alejado, andaba faenando en los campos y su padre, por la edad algo atolondrado, mirando los piantes pájaros.
Y como os decía, nuestra alegre doncella cantaba contenta, esperaba la llegada de una fecha concreta. Para tres semanas su matrimonio había sido acordado, y ella lo esperaba como agua de mayo. En pocos días llegaba el mozo que la desposaría, ¡cuánta inquietud! ¡Qué algarabía! Tanto había oído, tan bien le habían contado, que ella veía el matrimonio como el destino más adecuado… ¡Imaginaos, imaginaos! Soñaba tanto en la noche como en el día con esos ojos negros que tan bien conocía; desde sus juegos en los campos, la pareja se profesaba el amor de los cantos.
Pero fíjense bien: los tiempos se adelantaron y no llegó su amado, sino un hombre fuerte y recio que decía ser su hermano. ¡Y escúchenme bien, díganme si lo han avistado! Porque tenía un solo ojo, el otro por una garra arrancado; su nariz se extendía hasta su labio de abajo, y una gran joroba afeaba su espinazo. El caballo que montaba era su vivo reflejo: ¡un monstruo salvaje más bruto que feo!
Y os digo yo ahora que la noticia fue garrafal, catástrofe sin igual. El joven mozo querido fue apresado en la guerra y había perecido. La pena de la familia creció como pan al horno, ¡apenas creían tan horrible fin para tan buen mozo!
Pero este hermano suyo, como podréis adivinar, tenía menos de mensajero que de verdugo. Y haciendo uso de un derecho ancestral, se exigió marido de la joven en un próximo futuro.
Ante las quejas de la moza y la histeria de su padre, la mala bestia tuerta tan sólo supo hacer uso de la fuerza: de un garrotazo redujo al padre, de una coz planchó al hijo, y de una vil posesión mató la honra de su capricho.
Creyéndola muerta ahí la dejó, desnuda y deshonrada, a merced de todo alma. Pero la muchacha reunió agallas y volvió de entre los muertos para cumplir con su venganza. Sentía que su amor no estaba muerto, que debía estar sufriendo sin duda algún encierro.
Y además, esto yo os digo: la moza ya no estaba sola, pues aquel monstruo jorobado había dejado en ella la semilla del que hoy está hablando. Y dicho hombre hoy día sigue buscando al malnacido de su padre y al que debería haberlo sido, para dar al último un gran abrazo, y al primero su merecido.
Pues no sería yo digno hijo de mi madre si no acabara con la vida de tal cobarde. Así pues, les propongo, oyentes míos, que este primer domingo de mayo se dedique, desde hoy, a toda madre amante. Que todo hijo que a su madre no honre, merece ser despojado del amor de toda mujer, que la primera mujer de todo hombre es siempre su madre, y la siguiente igual lo ha de ser, para que así un nuevo hijo en suerte pueda caer.
La pregunta de “¿Va usted a tomar algo más?” me sacó de un volantazo de mi embelesamiento; volví a la realidad de golpe, aturdida, pero con una conclusión adecuada para mi ensayo. Sin comerlo ni beberlo, de repente tenía entre mis manos la historia del Día de la Madre.