Hay algo que, más que ser un defecto, es un lastre para el desarrollo de una relación interpersonal normal: las quejas. Y yo, lamentablemente, me caracterizo por ser una quejica, entre otros muchos defectos y lastres de ésos -y otras tantas virtudes entre las que la falsa modestia no ha su lugar, como pueden ustedes observar.
Y sí, ¿qué le voy a hacer? No sólo me quejo, sino que me cebo en las quejas y no encuentro mejor alimento que una buena argumentación en contra de lo que sea. Repito: ¡de lo que sea!
Pero por otra parte, cierto es que en este mundo de hoy en día hay necesidad de unas buenas plañideras, que quien no llore por las penas de otros ¡será en parte porque tiene penas propias que lamentar! Y siendo egoísta y un poco sinvergüenza al reconocerlo aquí, ante mis multitudinarios lectores del día (la ilusión es algo que nunca ha de perderse, ténganlo bien presente), prefiero llorar por otros antes que por los míos… Que en este nuestro país ya se sabe que debe uno correr ligerito para salvar el trasero y que al final –y pidiendo perdón por el término que viene a continuación- mariquita el último.
Así que me considero eso: una plañidera del siglo XXI. Y no debería yo de ofrecer esta mi virtud de quejarme con tanta ligereza, que ya no estamos para nada tan bien remuneradas como antaño, sino que más bien causamos que nuestro prójimo eche pestes de nosotras (sin darse cuenta de que, al hacerlo, no caen en otra cosa que en una nueva queja). Pero es que en este caso dispongo de una generosidad sin límites, fíjense bien: ¡me quejo gratis!
Además, ¿quién no se va a quejar, oigan? Si nos sentimos orgullosos de una patria –y hablo en plural porque me siento completamente identificada con este orgullo nacional- en que se da un claro bipartidismo político similar al de los años del catapúm-chimpúm inglés. Por otro lado, unos cuantos amigotes deciden entre caña y tapa que la Chica Ye-Yé pasa a ser la pobre Chica Y-Y (por aquello de que la Y pasa a llamarse Ye, para los menos puestos) y que un comiente solitario va a ser lo mismo que un caballero que únicamente come (a lo que sí que me rebelo: “solo” y “sólo” seguirán siendo diferentes en mis texto, y los pronombres llevarán nuestra querida tilde española para diferenciarse de sus primos los determinantes). Además, estamos sumidos en una crisis económica, financiera, laboral y moral muy grave, y es que así no me extraña que nos estemos volviendo locos, que en ello estamos, aunque haya quien aún no se ha dado cuenta.
Con muchas quejas y un largo etcétera luchando por no quedar en el tintero, pero en un intento de recortar el espacio de esta entrada para que no dejen ustedes de leer a mitad, me despido con una ligera queja acerca de lo mucho que tengo que estudiar, de lo loco que se está volviendo el tiempo y de que, para más inri, la vecina de arriba no para de zapatear.
Un cordial saludo, le Petit Lutin.
M.L.G.G-A.
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