lunes, 11 de abril de 2011

Para gustos, las palabras.

A mí lo que me gusta es soñar, y formar unos cuantos decorados y platós en mi cabeza y dejar que vuele mi imaginación.

Me encanta cuando peleo contra mi imagen en el espejo, porque así siempre salgo ganando yo; y cuando voy por la calle y recuerdo una declaración de amor, y entonces sonrío a los viandantes sin querer; y cuando miro a alguien de soslayo y me pongo a desentrañar sus ideas, tratando de absorberlas y hacerlas en parte mías.

Me siento apasionada por las palabras, tanto por la elocuencia como por la demagogia, porque, por suerte o por desgracia, soy más de fijarme en cómo se dice que en lo que se dice. Simplemente estoy enamorada de cómo suenan las malditas, por lo que siempre voy a leer una y otra vez en voz alta lo que acabe de escribir. Y las llamo malditas porque ¡cómo se escurren, cómo me hacen vacilar!

Me gusta tocarme la barbilla cuando pienso en qué lugar queda mejor una coma, y suelo rascarme la coronilla cuando no sé qué más poner.

Me atrae el poder, pero el poder de decir lo que pienso en un estrado y que la gente me escuche embobada; porque no me importa que haya alguien que mande, siempre y cuando yo sea capaz de decirle lo que me venga en gana sin que se dé cuenta de que me río en su cara.

Soy de esas personas vehementes que no hallan la calma ni el temple, que se alteran antes de llorar y que se enfadan si deben callar. Sueño despierta, río en silencio, me violento con los puños cerrados y doy cariño a manos llenas. Me gusta la música, porque no es más que poesía cantada, y más que un poema me gusta la prosa, porque adoro las frases largas que tienes que leer más de una vez para poder comprender.

Quiero aprender palabras difíciles para saborearlas callada, y palabras fáciles para hacerme entender. Quisiera saber mil idiomas para que hasta los chinos me leyeran y mil alfabetos para alfabetizar. Y no alfabetizar como para enseñar a leer o a escribir, pues la docencia no es lo mío, sino como para crear abecedarios, mis propios códigos que nadie más conociera.

Y ora digo que quiero que los chinos me entiendan, ora que quiero un código secreto, ¡vaya paradoja se nos presenta! Y es que, antes de todo esto, lo que primero soy, es mujer, y como mujer que soy, amigos, me toca contradecirme, decir diego donde dije digo,  y aun así hacer creer al sexo opuesto que me marea con sus simplezas y objeciones.

Pues curiosa criatura es la mujer, como curiosa criatura es el ser humano. Lloramos y reímos, soñamos, odiamos, amamos… y, en lo que yo más me recreo, hablamos.


M.L.G.G-A.

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