lunes, 28 de marzo de 2011

De cómo centrar una galaxia deshabitada.


Rashid se dejó caer al suelo; se encontraba desnudo, tal y como su dios lo trajo al mundo, sólo que con unos 40 años de errores a la espalda. Sentado sobre sus talones, y con la frente pegada al frío suelo de mármol, parecía estar rezando a una más que desorientada Meca. En el culmen de su borrachera, incapaz de deducir qué le había llevado a desnudarse en los baños dorados de aquella lujosa suite, comenzó a enumerar uno a uno, sin orden ni concierto, los hechos vitales que podrían haberle llevado a tal patética existencia. Alcohol, drogas, juego, ocio, holgazanería… todo ello tenía como denominador común el más sórdido vicio o, lo que venía a ser lo mismo, Adelaida, la prima renegada del Rey Midas, que todo lo que tocaba en lodo convertía y como cera moldeaba; el amor de su vida, y también la ruina de la misma; la única razón por la que abandonar una vida de tradiciones y costumbres, el único motivo por el que dar la espalda a su religión; aquella caprichosa mujer que un día cualquiera decidió que aquel morenito extranjero sería el mayor atractivo de su cosmopolita bar de striptease, momento en que Rashid no acertó a pensar que el servir copas frente a sesentonas hartas de bingo y ganchillo y jóvenes ansiosas por despedir su soltería le llevaría a un alocado amor digno de novela de ficción.

En ese lamentable estado, y protagonizando la más patética de las escenas, Rashid concluyó la noche regalando a las paredes de aquel suntuoso tocador un breve resumen del craso error que le llevó a esa espantosa situación:

Rashid recordó su vigésimo cumpleaños. Se despedía de sus ancianos padres, asumiendo la responsabilidad de conseguir todo lo necesario para ayudarlos a escapar de esa callejuela sin salida: dinero, papeles, un hogar fuera de esas fronteras. Era ya todo un hombre. Su madre, orgullosa de él, dejó escapar una lágrima mientras le besaba en la frente. Su padre parecía permanecer impasible, pero sus ojos brillaban como canicas al sol.

Después, y a pesar de la turbiedad de su mente, que parecía estar siendo centrifugada, se recordó solo, sentado en una parada de autobús, con billete a ninguna parte, con intenciones desconocidas hasta para sí, sin ases en la manga y con mil pesetas y un raído chubasquero por todo tener. Vio acercarse a una despampanante pelirroja enfundada en unos pantalones de cuero y un impermeable estampado de leopardo. Una melena corta y pelirroja enmarcaba sus anodinas facciones y un formidable escote asomaba, blanco y moteado, cuando se ponía de perfil.

Subieron al autobús, el uno delante de la otra. Cuando se hubo sentado, la misteriosa señorita tomó asiento a su lado, muy cerca de él, de manera que podía oler su aliento a tabaco y menta, y le espetó: "En este país, las damas primero. Aquí te tienes que olvidar de las normas de tu gente, de los derechos sobre las mujeres, de vuestro poderío. De otro modo, va a irte muy mal".

A Rashid se le iluminó la cara. Ésta sería una insolente, una infiel más en un mundo de locos, pero desde luego podía ayudarle a sobrevivir. Cuando Adelaida se apeó del costroso autobús, Rashid le siguió. Ella, encantada, dirigió sus pasos a un local con un rótulo fucsia y negro que rezaba “StripClub”. Rashid, receloso, entró tras ella.

Rashid no pudo evitar sonreír al recordar su expresión de espanto nada más ver lo que se cocía ahí dentro. Adelaida manejaba el percal como un niño domina sus muñecos, no vacilaba, irradiaba seguridad, provocaba admiración.

Fue poner sus pies en ese suelo negro purpurinoso y empezar a temblar. Aquello era un atentado contra toda creencia decente; esos pobres diablos estaban fuera de la Ley y Alá les condenaría de seguir por ese camino. Adelaida le miró fríamente, y con un “Déjate de mariconadas y sígueme”, lo cogió por la muñeca y lo llevó a un estrambótico despacho en la planta superior.

El monólogo de Adelaida fue extenso. Rashid estaba perplejo, pero llegó a comprender las palabras “trabajo”, “dinero”, “papeles”. En otras circunstancias habría estado encantado, pero si esta mujer pensaba de verdad que estaba dispuesto a desnudarse públicamente y a bailar como si aquella barra plateada que unía tarima y techo fuera la mujer de su vida, la llevaba clara. Por suerte, los planes que tenía Adelaida para él incluían la privatización de su cuerpo: no estaba dispuesta a compartir a este muchachito con ningún otro par de ojos que no fuera el suyo.

Así, Rashid se vio a si mismo sirviendo copas en aquel local en que Adelaida se contoneaba al ritmo de la música entre sus clientes antes de dar un beso a su última adquisición, ese marroquí guapo, fuerte, atractivo y encantador… y manipulable, altamente manipulable. Las mujeres como Adelaida no buscaban dinero ni amor incondicional, ni siquiera un estatus social destacable; buscaban poder, mandar, malear la arcilla a su gusto. Era de esas personas de las que uno no debía fiarse, de ésas que trepan más ágilmente que las arañas, que siempre caen de pie, como los gatos, que arrasan con todo el que se le cruce por el camino, como los huracanes. Adelaida era una fiera caprichosa, un depredador, y Rashid tan sólo estaba perdido en un mundo que no entendía y que no quería comprenderle a él.

Rashid se revolcó en el suelo como una tortuga que, bocarriba, no puede levantarse. Las paredes daban vueltas a su alrededor, como la Luna alrededor de la Tierra. Se dijo a sí mismo, loco de envidia y rabia, que lo que Adelaida era, y eso sí que había que reconocérselo, era una auténtica superviviente. Sabía cómo ponerse el mundo por montera y llevar al ganado por donde ella quería… pero la muy egoísta se guardó el secreto de su saber hacer y no compartió con Rashid ni las migajas de su habilidad para vivir.

Al cabo de los meses, trabajando por las noches y estudiando por las mañanas, Rashid hablaba español y se iba sintiendo preparado para buscar un trabajo mejor remunerado que le permitiera ahorrar el dinero que necesitaba para cumplir su cometido. Pobre Rashid, pobre iluso; Adelaida no estaba dispuesta a dejarle ir tan fácilmente. Había ido envolviéndolo poco a poco entre sus redes, pero llegaba el momento de dejarlo atado corto de manera que no se pudiera largar.

Conseguirle los papeles fue fácil, muchos peces gordos debían favores a Adelaida, siempre tan discreta y confidencial con los clientes que frecuentaban su pub. De esta manera, un amigo de unos conocidos de un contacto de su Ade, como le gustaba llamarla, le había conseguido un pasaporte y los permisos de residencia necesarios para evitarse problemas en el país. Sin embargo, por más que Rashid había insistido, Adelaida se negaba a pedir otro favor para conseguir el ingreso legal de sus padres en España; las influencias no están para abusar de ellas, decía, el día que de verdad las necesites pueden haber terminado de saldar su deuda contigo.

Rashid pensaba apenado que su padres, de tan avanzada edad, no podrían pasar las penurias que él sufrió para abandonar su tierra y penetrar en ésta. Así, para no mortificarse, como le decía su pelirroja, lo mejor sería que dejara de pensar en ellos y que no los llamara con frecuencia para no crearles falsas expectativas. A esas alturas, Rashid llevaba ya dos años sin hablar con sus padres, sin saber en qué estado se encontraban, y sin atreverse a marcar su número de teléfono después de tanto tiempo, amedrentado por la vergüenza y la propia deshonra.

Poco a poco, y sin saber bien cómo, Rashid se había  involucrado en una rutina que le llevaba de la cama de Adelaida a sus clases, de ahí al trabajo y vuelta a la cama de su nueva ama y señora. Su libertad se había visto coartada hasta casi desaparecer, y lo peor era que Rashid no la echaba de menos. No se daba cuenta de que había abandonado la ardua tarea de tomar decisiones por sí mismo, ahí estaba Ade para ayudarlo. Él se sentía en deuda con ella, de manera que no podía contradecirla sin sentirse culpable. Esta mujer aún le hacía temblar cuando le besaba y le hacía sentir integrado, bien consigo mismo… ¿cómo iba a abandonarla?

¿Cómo iba a abandonarla? De eso ya se encargó Adelaida más adelante, cuando cerca de cinco años más tarde encontró otra víctima a la que chuparle la sangre. Sin una simple despedida, sin una palabra de consuelo, empaquetó las maletas y se largó a Escocia, con un joven imberbe pero prometedor con el que por lo visto había mantenido una aventura durante un par de años.

Tirado en ese suelo, sintiéndose el centro de una deshabitada galaxia, se dio una tardía advertencia a sí mismo: el diablo no siempre viste de rojo ni luce tridente. Se te puede poner delante de los ojos y seducirte haciéndote pensar que lo que te ofrece es cariño de verdad y ayuda desinteresada... nada más lejos de la verdad. No te fíes ni de tu sombra, no confíes en nadie más que en ti mismo, pues más vale una alegría por sorpresa que el desconsuelo y la infelicidad. Pero sobre todo, y lo que es más importante, no olvides quién eres, de dónde vienes y adónde quieres llegar; disfruta del camino, pero no tardes demasiado en repostar… las metas no están hechas para esperar. 
M.L.G.G-A.

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