La veo venir de lejos y una sonrisa aparece en mis labios. Pim, Pim, Pim, dirá mi acompañante, inspirado por su saltarín caminar, rítmico, rápido, como el aleteo de un colibrí. Un beso como saludo, media vuelta, se avecina un paseo.
Pelo corto, ojos negros, piel morena. Manos pequeñas, del tamaño justo y apropiado, de las que acarician suavemente, despacio. Acogedores brazos, en los que un abrazo no tiene ganas de acabar. No demasiada estatura, la necesaria para poder mirarla a los ojos sin esfuerzo. Labios carnosos, que dan los besos mejor.
Fuerte carácter, de ésos que dejan huella, con el que es difícil competir. Un chorro de voz que si bien sabe hacerse oír a la fuerza, habla con más suavidad que ninguna otra. Sabias palabras, para que aprendamos a poner un pie tras otro en la Tierra, y dejemos las nubes arriba, que ahí están bien. Cariñosos reproches, que quien bien te quiere te hará llorar. Más paciencia que el santo Job, que la necesita más de una vez al día, durante todos los días del año. Una gran maña, pues no faltó estratagema para hacerme comer, para ayudarme a dormir, para convencerme de lo necesario en el momento. Agudo oído, que alguien tendrá que escuchar mis repetitivas inquietudes, cotilleos, alegrías, decepciones, peticiones de ayuda, silenciosos gritos de socorro.
A veces tengo horribles pesadillas con que deja de estar ahí. Me despierto angustiada, me doy cuenta de que no sería capaz de crecer y madurar sin sus consejos, sus reproches, sus abrazos, sus besos, sus caricias, las tardes juntas de paseo, las largas conversaciones telefónicas, las discusiones en que intercambiamos opiniones sobre los más diversos temas…
Y es que como tantas veces se dice, madre no hay más que una. Y la mía, sin duda, es la mejor con la que podría haber soñado.
Pelo corto, ojos negros, piel morena. Manos pequeñas, del tamaño justo y apropiado, de las que acarician suavemente, despacio. Acogedores brazos, en los que un abrazo no tiene ganas de acabar. No demasiada estatura, la necesaria para poder mirarla a los ojos sin esfuerzo. Labios carnosos, que dan los besos mejor.
Fuerte carácter, de ésos que dejan huella, con el que es difícil competir. Un chorro de voz que si bien sabe hacerse oír a la fuerza, habla con más suavidad que ninguna otra. Sabias palabras, para que aprendamos a poner un pie tras otro en la Tierra, y dejemos las nubes arriba, que ahí están bien. Cariñosos reproches, que quien bien te quiere te hará llorar. Más paciencia que el santo Job, que la necesita más de una vez al día, durante todos los días del año. Una gran maña, pues no faltó estratagema para hacerme comer, para ayudarme a dormir, para convencerme de lo necesario en el momento. Agudo oído, que alguien tendrá que escuchar mis repetitivas inquietudes, cotilleos, alegrías, decepciones, peticiones de ayuda, silenciosos gritos de socorro.
A veces tengo horribles pesadillas con que deja de estar ahí. Me despierto angustiada, me doy cuenta de que no sería capaz de crecer y madurar sin sus consejos, sus reproches, sus abrazos, sus besos, sus caricias, las tardes juntas de paseo, las largas conversaciones telefónicas, las discusiones en que intercambiamos opiniones sobre los más diversos temas…
Y es que como tantas veces se dice, madre no hay más que una. Y la mía, sin duda, es la mejor con la que podría haber soñado.
M.L.G.G-A.