miércoles, 27 de abril de 2011

¡Volvamos las plañideras!

Hay algo que, más que ser un defecto, es un lastre para el desarrollo de una relación interpersonal normal: las quejas. Y yo, lamentablemente, me caracterizo por ser una quejica, entre otros muchos defectos y lastres de ésos -y otras tantas virtudes entre las que la falsa modestia no ha su lugar, como pueden ustedes observar.

Y sí, ¿qué le voy a hacer? No sólo me quejo, sino que me cebo en las quejas y no encuentro mejor alimento que una buena argumentación en contra de lo que sea. Repito: ¡de lo que sea!

Pero por otra parte, cierto es que en este mundo de hoy en día hay necesidad de unas buenas plañideras, que quien no llore por las penas de otros ¡será en parte porque tiene penas propias que lamentar! Y siendo egoísta y un poco sinvergüenza al reconocerlo aquí, ante mis multitudinarios lectores del día (la ilusión es algo que nunca ha de perderse, ténganlo bien presente), prefiero llorar por otros antes que por los míos… Que en este nuestro país ya se sabe que debe uno correr ligerito para salvar el trasero y que al final –y pidiendo perdón por el término que viene a continuación- mariquita el último.

Así que me considero eso: una plañidera del siglo XXI. Y no debería yo de ofrecer esta mi virtud de quejarme con tanta ligereza, que ya no estamos para nada tan bien remuneradas como antaño, sino que más bien causamos que nuestro prójimo eche pestes de nosotras (sin darse cuenta de que, al hacerlo, no caen en otra cosa que en una nueva queja). Pero es que en este caso dispongo de una generosidad sin límites, fíjense bien: ¡me quejo gratis!

Además, ¿quién no se va a quejar, oigan? Si nos sentimos orgullosos de una patria –y hablo en plural porque me siento completamente identificada con este orgullo nacional- en que se da un claro bipartidismo político similar al de los años del catapúm-chimpúm inglés. Por otro lado, unos cuantos amigotes deciden entre caña y tapa que la Chica Ye-Yé pasa a ser la pobre Chica Y-Y (por aquello de que la Y pasa a llamarse Ye, para los menos puestos) y que un comiente solitario va a ser lo mismo que un caballero que únicamente come (a lo que sí que me rebelo: “solo” y “sólo” seguirán siendo diferentes en mis texto, y los pronombres llevarán nuestra querida tilde española para diferenciarse de sus primos los determinantes). Además, estamos sumidos en una crisis económica, financiera, laboral y moral muy grave, y es que así no me extraña que nos estemos volviendo locos, que en ello estamos, aunque haya quien aún no se ha dado cuenta.

Con muchas quejas y un largo etcétera luchando por no quedar en el tintero, pero en un intento de recortar el espacio de esta entrada para que no dejen ustedes de leer a mitad, me despido con una ligera queja acerca de lo mucho que tengo que estudiar, de lo loco que se está volviendo el tiempo y de que, para más inri, la vecina de arriba no para de zapatear.

Un cordial saludo, le Petit Lutin.

M.L.G.G-A.

lunes, 11 de abril de 2011

Para gustos, las palabras.

A mí lo que me gusta es soñar, y formar unos cuantos decorados y platós en mi cabeza y dejar que vuele mi imaginación.

Me encanta cuando peleo contra mi imagen en el espejo, porque así siempre salgo ganando yo; y cuando voy por la calle y recuerdo una declaración de amor, y entonces sonrío a los viandantes sin querer; y cuando miro a alguien de soslayo y me pongo a desentrañar sus ideas, tratando de absorberlas y hacerlas en parte mías.

Me siento apasionada por las palabras, tanto por la elocuencia como por la demagogia, porque, por suerte o por desgracia, soy más de fijarme en cómo se dice que en lo que se dice. Simplemente estoy enamorada de cómo suenan las malditas, por lo que siempre voy a leer una y otra vez en voz alta lo que acabe de escribir. Y las llamo malditas porque ¡cómo se escurren, cómo me hacen vacilar!

Me gusta tocarme la barbilla cuando pienso en qué lugar queda mejor una coma, y suelo rascarme la coronilla cuando no sé qué más poner.

Me atrae el poder, pero el poder de decir lo que pienso en un estrado y que la gente me escuche embobada; porque no me importa que haya alguien que mande, siempre y cuando yo sea capaz de decirle lo que me venga en gana sin que se dé cuenta de que me río en su cara.

Soy de esas personas vehementes que no hallan la calma ni el temple, que se alteran antes de llorar y que se enfadan si deben callar. Sueño despierta, río en silencio, me violento con los puños cerrados y doy cariño a manos llenas. Me gusta la música, porque no es más que poesía cantada, y más que un poema me gusta la prosa, porque adoro las frases largas que tienes que leer más de una vez para poder comprender.

Quiero aprender palabras difíciles para saborearlas callada, y palabras fáciles para hacerme entender. Quisiera saber mil idiomas para que hasta los chinos me leyeran y mil alfabetos para alfabetizar. Y no alfabetizar como para enseñar a leer o a escribir, pues la docencia no es lo mío, sino como para crear abecedarios, mis propios códigos que nadie más conociera.

Y ora digo que quiero que los chinos me entiendan, ora que quiero un código secreto, ¡vaya paradoja se nos presenta! Y es que, antes de todo esto, lo que primero soy, es mujer, y como mujer que soy, amigos, me toca contradecirme, decir diego donde dije digo,  y aun así hacer creer al sexo opuesto que me marea con sus simplezas y objeciones.

Pues curiosa criatura es la mujer, como curiosa criatura es el ser humano. Lloramos y reímos, soñamos, odiamos, amamos… y, en lo que yo más me recreo, hablamos.


M.L.G.G-A.