Miro cada día hacia atrás cuando salgo de casa y he avanzado dos metros por el oscuro pavimento. Llevo ocho meses haciéndolo sin que se me olvide un solo día, llevo ocho meses saliendo de casa aterrorizada por si un día me encuentro contigo en la oscuridad o a plena luz del sol y vuelves a abalanzarte sobre mí y a golpearme sin piedad por aquello que dices que te hice. Que te quité la vida, no parabas de gritar, que te quité lo único que tenías.
Entonces supe quién eras. Recuerdo mis sudorosas manos sujetando el bisturí para extirpar el canceroso pulmón a aquella mujer de color que yacía enfrente de mí. Revivo el momento en que sus constantes vitales se extinguieron por completo, y las miradas que mis compañeros me dirigieron, sin comprender. Me acuerdo de tu cara de derrota mientras te daba la noticia sin poder mirarte a los ojos más de un instante, y reconocería entre un millón de voces el desgarrado grito y el consecutivo sollozo que tus labios dejaron salir.
Creí que era casualidad verte en la calle aquel día de octubre, creí que pasabas por ahí. En el estrecho callejón al que me dirigí reinaban el silencio y la oscuridad, la soledad en su más aterradora manifestación. Y los pasos tras de mí se oyeron multiplicados por el eco, y me giré y te vi como tigre que ya tiene a su presa, con tus felinos ojos brillantes de rabia y tus grandes zarpas rodeando mi yugular. Dios quiso que volvieras a la humanidad antes de terminar de matarme, antes de que vengaras a tu hija, antes de que me reuniera con ella en la selva celestial
Entonces supe quién eras. Recuerdo mis sudorosas manos sujetando el bisturí para extirpar el canceroso pulmón a aquella mujer de color que yacía enfrente de mí. Revivo el momento en que sus constantes vitales se extinguieron por completo, y las miradas que mis compañeros me dirigieron, sin comprender. Me acuerdo de tu cara de derrota mientras te daba la noticia sin poder mirarte a los ojos más de un instante, y reconocería entre un millón de voces el desgarrado grito y el consecutivo sollozo que tus labios dejaron salir.
Creí que era casualidad verte en la calle aquel día de octubre, creí que pasabas por ahí. En el estrecho callejón al que me dirigí reinaban el silencio y la oscuridad, la soledad en su más aterradora manifestación. Y los pasos tras de mí se oyeron multiplicados por el eco, y me giré y te vi como tigre que ya tiene a su presa, con tus felinos ojos brillantes de rabia y tus grandes zarpas rodeando mi yugular. Dios quiso que volvieras a la humanidad antes de terminar de matarme, antes de que vengaras a tu hija, antes de que me reuniera con ella en la selva celestial
M.L.G.G-A.
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