jueves, 19 de marzo de 2009

Así es él.

Dos grandes canicas blancas y azules destacan en la rosada esfera coronada por una cabellera corta y casi blanca que le gusta peinar con gomina. Bajo ellas, su nariz de oso Yogui que no soporta que le toque. Sus finos labios y sus dientes de niño de seis años, según digo yo, dibujan una sonrisa de pillo que se mantiene igual desde las fotos en blanco y negro de él jugando con el cubo y la pala en la playa. Su piel empieza a surcarse de finas líneas que algunos llamarían arrugas, pero que a mí me gusta ver como los restos de sus silenciosas carcajadas y de sus falsos fruncimientos de ceño.

Su semiesférico tronco sirve para que apoye mi cabeza en él al ver la tele y para que mientras bailamos, mis pies no hagan más que rozar el suelo debido a lo mucho que me aprieta con sus delagaditos brazos y sus grandes manos, manos siempre tibias que calientan las mías cuando mis uñas se vuelven azules del frío. Sus hombros y espalda siempre están dispuestos a cargar o bien mi mochila, o bien los problemas que yo tenga. Sus delgaditas piernas e inquietos pies no dejan de agitarse mientras está sentado, o mientras ve la tele, poniendo nervioso a todo aquél que se sienta cerca de él.

Su imaginación vuela a la hora de buscarme un nuevo mote. Mi cara de disgusto le hace reír con ganas mientras ve que intento arremeter, sin éxito, contra él, ya sea con poco originales apelativos o con una batalla de cosquillas que siempre terminará ganando.

Cada momento juntos vale su peso en oro.

Así es como yo lo veo, y como quiero que lo vean los demás.

M.L.G.G-A.

No hay comentarios:

Publicar un comentario