Dos grandes canicas blancas y azules destacan en la rosada esfera coronada por una cabellera corta y casi blanca que le gusta peinar con gomina. Bajo ellas, su nariz de oso Yogui que no soporta que le toque. Sus finos labios y sus dientes de niño de seis años, según digo yo, dibujan una sonrisa de pillo que se mantiene igual desde las fotos en blanco y negro de él jugando con el cubo y la pala en la playa. Su piel empieza a surcarse de finas líneas que algunos llamarían arrugas, pero que a mí me gusta ver como los restos de sus silenciosas carcajadas y de sus falsos fruncimientos de ceño.
Su semiesférico tronco sirve para que apoye mi cabeza en él al ver la tele y para que mientras bailamos, mis pies no hagan más que rozar el suelo debido a lo mucho que me aprieta con sus delagaditos brazos y sus grandes manos, manos siempre tibias que calientan las mías cuando mis uñas se vuelven azules del frío. Sus hombros y espalda siempre están dispuestos a cargar o bien mi mochila, o bien los problemas que yo tenga. Sus delgaditas piernas e inquietos pies no dejan de agitarse mientras está sentado, o mientras ve la tele, poniendo nervioso a todo aquél que se sienta cerca de él.
Su imaginación vuela a la hora de buscarme un nuevo mote. Mi cara de disgusto le hace reír con ganas mientras ve que intento arremeter, sin éxito, contra él, ya sea con poco originales apelativos o con una batalla de cosquillas que siempre terminará ganando.
Cada momento juntos vale su peso en oro.
Su semiesférico tronco sirve para que apoye mi cabeza en él al ver la tele y para que mientras bailamos, mis pies no hagan más que rozar el suelo debido a lo mucho que me aprieta con sus delagaditos brazos y sus grandes manos, manos siempre tibias que calientan las mías cuando mis uñas se vuelven azules del frío. Sus hombros y espalda siempre están dispuestos a cargar o bien mi mochila, o bien los problemas que yo tenga. Sus delgaditas piernas e inquietos pies no dejan de agitarse mientras está sentado, o mientras ve la tele, poniendo nervioso a todo aquél que se sienta cerca de él.
Su imaginación vuela a la hora de buscarme un nuevo mote. Mi cara de disgusto le hace reír con ganas mientras ve que intento arremeter, sin éxito, contra él, ya sea con poco originales apelativos o con una batalla de cosquillas que siempre terminará ganando.
Cada momento juntos vale su peso en oro.
Así es como yo lo veo, y como quiero que lo vean los demás.
M.L.G.G-A.
No hay comentarios:
Publicar un comentario