Marina se miró al espejo y suspiró con las escasas fuerzas de que disponía a sus 87 años. Se veía tan frágil, tan excesivamente delicada… con lo que ella había sido. Una mujer como ella, antaño fuerte y robusta, jamás debería ver reducidas sus funciones a las del motor de una silla de ruedas… ruedas que sólo rodaban por un viejo suelo marrón.
Se recordaba a sí misma al flan de naranja que su abuela le hacía cuando era niña. Pensó en cuando daba con la cucharilla en las paredes del flan para verlo tambalearse y, poco a poco, recobrar la compostura y quedarse quieto de nuevo. Se preguntó si ella sería capaz de recuperar el equilibrio si le dieran en un costado con una cucharilla, o si por el contrario se sometería al golpe y volcaría sin rechistar. Ya nada le había vuelto a saber como en su día le supo aquel flan. ¿Sería por eso por lo que ya no se sentía con fuerzas, porque la vida había perdido su sabor?
El espejo sólo le devolvía la imagen de una anciana de rala cabellera gris… gris como el polvo que se acumulaba en los estantes de su abandonada casa. Gris como su presente, gris como su pasado. Su permanentemente fruncido entrecejo se extendía de sien a sien, pues sus cejas se habían ido despoblando poco a poco, achaque tras achaque. Así, sus pequeños y hundidos ojos verdes ya no tenían marco que los recuadrara, sino que a su alrededor se acumulaban infinitas líneas ansiosas por contar sus respectivas historias, de narrar detenidamente la preocupación que las hizo nacer. Y su nariz… tan deseosa de seguir creciendo en dirección a los labios, tan sumisa ante la fuerza de la gravedad, como si quisiera oler la saliva que más abajo manaba descuidada. Poco se veía ya de sus antes carnosos labios, reducidos a dos finas líneas de color rosado surcadas por lo que parecían grietas en la dura y seca roca. Bajo su barbilla, un amasijo de arrugas, pellejo y venas que algún día alguien piropeó como el cuello de un cisne. Vestida entera de negro, nadie podría adivinar que un admirado busto había abandonado a su dueña, dejando en su lugar un caparazón blando y vacío, deformado por el mar. Sus piernas no eran sino dos ramitas que ya no podrían sostener ni un par de hojas, de tanto tiempo que habían permanecido inertes en aquella penosamente necesaria silla.
Impotente, Marina cerró los ojos y, rodeada de la soledad de su inmenso y deshabitado piso, una fría lágrima halló su cauce en uno de los pliegues de sus mejillas para, decidida y segura, morir en su comisura derecha.
M.L.G.G-A.
Puedo preguntar si el personaje es ficticio o real ?
ResponderEliminarEstá muy bien escrito y no se por qué no lo lee más gente y opinan al respecto.
No te das propaganda suficiente !! XP
Muchas gracias Víctor, la verdad es que yo tp lo entiendo!! jaja
ResponderEliminarAcabo de ver tu comentario, vaya desastre que estoy hecha... un besito!