Es como si este músculo estúpido no tuviera fuerza para latir por sí mismo y necesitara un alimento del exterior. Y cuando no lo tiene, se dedica a roer los huesos que ha guardado de otro tiempo, lo que en la cabeza tendrá forma de recuerdo, lo que ya no está pero estuvo y duró. Y cuando eso no basta, el corazón se marchita, se encoge como una uva pasa, se convierte en un feo boceto de lo que un día sintió un amor. Y entonces, de repente, el corazón empieza a despertar, a raíz de una sonrisa, una mirada de soslayo. El cerebro lo guarda en forma de recuerdo y el hueso se rodea de jugosa carne. Y la uva pasa se hincha cual esponja en la bañera y la sangre corretea más rápido por todos sus caminos, y el cuerpo es ahora un hervidero de actividad, por lo que nos ruborizamos con más facilidad y nos cuesta arrancar a hablar cuando hemos estado un rato en silencio, con las cuerdas vocales inactivas, apagadas. Y esto constituye un volver a comenzar, la historia que cada día llega a cada persona. Y siempre que tiene lugar, deseamos que sea la verdadera, la eterna, la que dure para siempre, y que jamás necesitemos volver a roer ese hueso seco.
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